
CUANDO LA LUZ DE CRISTO BRILLA, LA OSCURIDAD HUYE

El deseo de Dios
EL TESTAMENTO DE DIOS
Texto Principal: Marcos 11:24; Hebreos 11:1
Introducción: Un testamento (del latín testamentum mentis, “testimonio de la voluntad”) es el acto jurídico por el cual una persona estipula quién o quiénes serán los que podrán disponer de todos sus bienes.
El Señor Jesucristo, con su muerte, nos reveló su última voluntad, y confirmó y abrió Su Testamento. La voluntad de Dios es que todo lo que el Testamento contiene, en virtud de la muerte del Señor Jesucristo, nos pertenece.
I. El derecho a la herencia
La fe es la evidencia de que somos dueños de la herencia.
- El derecho de la herencia. (Jeremías 32:6-19) Los sucesos de este capítulo ocurrieron alrededor del año 587-586 a.C., cuando los babilonios sitiaban Jerusalén y Jeremías estaba preso. Eran tiempos difíciles: los judíos serían deportados a Babilonia para ser esclavizados.
- Nabucodonosor, rey de Babilonia, y su ejército habían sitiado Jerusalén. Anatot fue la ciudad asignada a los sacerdotes en el territorio de Benjamín. Allí Abiatar, el sumo sacerdote, tenía sus propias tierras, y ese fue el lugar donde nació Jeremías. En aquellos días, Anatot había sido capturada por los babilonios. Esas tierras carecían de valor porque estaban bajo control enemigo.
- Dios le dijo a Jeremías que comprara la propiedad porque él tenía el derecho de la herencia. (Jeremías 32:8) “Vino, pues, a mí Hanameel hijo de mi tío, conforme a la palabra de Jehová, al patio de la cárcel, y me dijo: Compra ahora mi heredad que está en Anatot, en tierra de Benjamín; porque tú tienes el derecho de la herencia, y el rescate es tuyo; cómprala para ti.”
- Jeremías compró la heredad demostrando su fe en la palabra de Dios, creyendo que algún día su descendencia regresaría a esa tierra. (Jeremías 32:9-15) “Y compré la heredad de Hanameel hijo de mi tío, y le pesé el dinero, diecisiete siclos de plata… Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Aún se comprarán casas, heredades y viñas en esta tierra.”
- Jeremías suscribió (firmó) la carta de venta y la selló según el derecho y la costumbre, y también hizo una copia abierta. (Jeremías 32:11) “Tomé luego la carta de venta, sellada según el derecho y costumbre, y la copia abierta.” La carta de venta era el título de propiedad, la evidencia o prueba de que era dueño de esas tierras.
- La fe es el título de propiedad de lo que no vemos. Nosotros recibimos la vida eterna como resultado de la confesión que hicimos del señorío de Cristo, de su resurrección y de su sacrificio sustitucional.
II. Lo que está escrito en el Testamento ya es nuestro
Si usted fuera beneficiario del testamento de un hombre rico, sería rico inmediatamente después de la muerte del testador, aunque todavía no hubiera recibido el dinero.
- El Testamento se confirma con la muerte del testador. (Hebreos 9:15-17) “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive.”
- La última voluntad del Testador —el Señor Jesucristo—, revelada en Su Testamento, es que todo lo que Él dejó nos pertenece en virtud de Su muerte.
- El Testamento del Señor Jesucristo ya está abierto; todas las bendiciones escritas en él nos pertenecen hoy.
- La fe es, sencillamente, usar lo que nos pertenece. Dios ya depositó en Cristo todo lo que necesitamos:
- La vida abundante (Juan 10:10) “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
- La sanidad física (Hechos 10:38) “Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”
- La fortaleza (Efesios 6:10) “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.”
- La prosperidad financiera (2 Corintios 8:9) “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.”
- Las bendiciones familiares (Isaías 65:23) “No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos.”
- La fe en Dios y en Su Palabra trae cada bendición que está escrita en el Testamento y que nos pertenece. (Efesios 1:3) “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.”
- La Biblia es la chequera espiritual que Dios nos dio para que retiremos, por fe, todo lo que necesitamos para vivir bien.
III. Oremos sobre la base del Testamento
Orar sobre la base del Testamento es creer que ya es nuestro lo que estamos pidiendo.
(Marcos 11:24, NVI) “Por eso les digo: crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán.”
(1 Juan 5:15) “Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.”
- “La fe es la convicción (o título de propiedad) de las cosas que no se ven.” (Hebreos 11:1) “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” El Señor Jesucristo nos enseña que debemos creer que ya hemos recibido las cosas que pedimos en oración. En el mismo momento en que oramos —antes de ver o sentir los resultados— debemos creer que ya las tenemos.
- Tomemos posesión de la bendición por la fe. La fe es el título de propiedad que garantiza que tenemos todas las cosas, aunque aún no las veamos.
Conclusión: El primer paso que todo ser humano debe dar para acceder a las bendiciones del Nuevo Testamento es creer y recibir a Cristo como el Señor de su vida. Luego vienen los resultados: Cristo primero, luego los frutos. Recibimos vida eterna, sanidad, fortaleza, prosperidad y todas las demás bendiciones que el Señor nos dejó en Su Testamento.

