
Dios nos concede los deseos de nuestro corazón

El poder transformador de Dios
Nadie puede convertirse a sí mismo en autoridad
“Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten acarrean condenación para sí mismos” (Romanos 13:1–2).
La autoridad de los padres no es algo propio de ellos, sino que les ha sido dada por Dios. Cuando los padres se dan cuenta de esto, no vacilarán en admitir sus errores; en verdad, sentirán la necesidad de hacerlo, pues solamente así puede Dios continuar honrando y respaldando su autoridad.
Por otra parte, la comprensión de que Dios les ha investido de autoridad alentará a los padres a no debilitar dicha autoridad por causa de su falso sentimiento de dignidad.
Toda autoridad viene de Dios, pero es concedida para el bien de quienes están bajo ella. Desde que Cristo vino no para ser servido, sino para servir, el carácter de la autoridad ha cambiado para todos los que están comprendidos en su propósito. Ahora la autoridad llega a ser un servicio, y la sujeción es sumisión para ser servido.
Nadie puede convertirse a sí mismo en autoridad. Pero quien quiera que haya recibido la autoridad de Dios debe mantenerla con firmeza. Debe tener fe en ella y sostenerla, con el fin de ser fiel a Dios y no por razones egoístas.
La autoridad le fue concedida a los padres por Dios con el fin de que puedan usarla, pero no para agradarse a sí mismos.
No debe un padre suspender la autoridad a causa de su propia dignidad. Dios ha establecido esa autoridad por causa de los hijos, para alcanzar ciertos fines.
El padre no puede colocar la autoridad a un lado por causa de debilidad o de una delicadeza enfermiza en perdonar a aquellos que están bajo su autoridad.

