
Lo que debemos aprender

Gracia sobre gracia
En nuestros días es común ver como una madre se afana
El trabajo fatiga nuestros cuerpos y nos hace sentir agrado por los momentos de reposo. Los jóvenes que han sido enseñados a trabajar desde la edad temprana, no estarán inventando males sobre sus camas.
En nuestros días es común ver como una madre se afana, yendo de un lado para otro, tratando de atender todos los detalles del trabajo hogareño, mientras la hija de diez, doce, y aun de dieciséis años está sentada frente al espejo, preocupada del arreglo de su cabello.
No diga que ella es demasiado joven. Desde los tempranos años las niñas debieran aprender a lavar sus propias ropas, ayudar a la mamá y hacer algo por la familia en la manutención de la casa, cocinando, etc. ¿Cómo podría un muchacho o muchacha dar de sí más tarde cuando Dios y el deber los llamen? Si no ha habido instrucción y sacrificio en la vida temprana, serán incapaces de rendirse a ese llamado.
Si no aprendemos la obediencia en las cosas pequeñas, perderemos nuestra habilidad de ser obedientes en las cosas mayores.
Una familia en la cual el hijo no era obligado a hacer sino lo que halagaba su fantasía, fue hecho centro de las atenciones y cuando era pequeño se le permitió cometer toda clase de pequeños actos de vandalismo dentro de la casa y en el patio. Cuando una persona bien intencionada vio lo que estaba sucediendo en ese niño, trató de hablar con los padres. Sin embargo, ellos permanecían inaccesibles. Ese amigo había apenas mencionado el asunto cuando fue reducido al silencio por la actitud de los padres.
Años más tarde, cuando ese niño era literalmente incorregible, los padres en medio de lágrimas estaban dispuestos a conversar durante horas con aquel mismo amigo acerca de sus tribulaciones. El bondadoso hombre no tuvo corazón para agitar su dedo ante sus narices y decirles: Recuerden cuando yo trate de advertirles.
Muchas veces sucede que una persona ajena a la familia es capaz de ver necesidades vitales para las cuales aún los padres bien intencionados están totalmente ciegos. Con humildad y sabiduría debiéramos poner oído al consejo y a la prevención antes de que los terribles e innegables hechos nos obliguen a llegar a las mismas conclusiones.
Cuando un niño va por mal camino y es entregado al diablo, los padres buscaran a alguien con quien hablar sobre la carga de su quebrantado corazón. Elevarán sus voces y llorarán, pero no encontrarán lugar de arrepentimiento, aunque lo busquen con lágrimas. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7), y para entonces, será demasiado tarde. Oh, que Dios nos ayude a tomar las medidas del caso en los años tempranos cuando algo puede hacerse.

