
El deseo de Dios

Dios nos ha dado el secreto del poder
La nación de Israel
La nación de Israel es la depositaria primaria de la Palabra de Dios. A través de los patriarcas y los profetas Dios les dio las instrucciones, ordenanzas, leyes, decretos, mandamientos y los principios para que todo saliera bien en ellos y todas sus generaciones. Cuando los hijos de Israel escucharon los mandatos de Dios y los obedecieron, las cosas marcharon bien, fueron exitosos, muy bendecidos junto con sus generaciones.
La gran confesión de fe de Israel, que lo ha sustentado como una nación hasta el día de hoy, une los mandamientos de amar y temer a Dios. Dios les dijo: (Deuteronomio 6:4-5) “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:13) “A Jehová tu Dios temerás, y a Él sólo servirás, y por su nombre jurarás”.
Una vez un fariseo le hizo a Jesús una pregunta para tentarle (Mateo 22:35-37) “Maestro, ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le respondió citando parte del pasaje de Deuteronomio mencionado anteriormente: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”.
Esta era la respuesta “correcta”, la que satisfizo la teología del fariseo. Sin embargo, claramente se ve por el contexto que Jesús no se conformó en dejar que el asunto quedara en un mandamiento formal de “amar a Dios”. El prosigue, y en todo el capítulo siguiente pronuncia siete “ay” sobre los fariseos.
Es completamente contrario al carácter de Jesús simplemente dejar desahogar sus resentimientos sin otro propósito que el de expresar sus sentimientos. Los severos ‘ayes’ que él pronunció sobre los fariseos estaban calculados para inspirar en ellos un saludable temor de Dios. El amor de ellos hacia Dios había llegado a ser formal, frío e inflexiblemente voluntarioso, precisamente porque estaba faltando el elemento del temor.
El Nuevo Testamento reconoce esta íntima relación entre amor y temor; está repleto de advertencias no solamente de que amemos a Dios, sino también de que le temamos.
Estos principios debemos enseñárselos a nuestros hijos para que ellos los obedezcan y vivan largamente sobre la tierra, disfrutando de la vida abundante que Dios quiere que vivan en cualquier lugar donde se encuentren.

